los veleros no son barcos
Boletín Diario
Otoño en Pichidangui
*Por Enrique Ramírez Capello
El frío esmerila los vidrios de la iglesia, entre las rocas ásperas y el rumor del mar.
La chimenea crepita en un ejercicio de ficción: es eléctrica. Javier Solís y Cuco Sánchez unen melancolía, amor desgarrado y esperanza.
El viento invade con su aullido de alarma.
El refresco del otoño reasoma anécdotas e historia en Pichidangui, 200 kilómetros al norte de Santiago.
Desde el hogar de H P-periodista en sosiego, activista automovilístico, crítico sin genuflexión- se atisba un velero de dos altos mastiles. Una bandera alemana en lo alto, con un navegante en estado de madurez en el timón, avanza hasta la boya naranja que flota con agitación.
Pronto una gruesa cadena la une a “un muerto”. Nadie se alarme: es un cajón de concreto depositado en el fondo del océano. El velero se estaciona.
Por curiosidad irrenunciable -amante del vino Gran Reserva-,HP, otro setentón náutico, enfila su kayak hacia el yate de visita. Saluda al navegante solitario.
Al regreso, se acerca a mi poltrona de lectura y resume:
“Viene de Hamburgo, con su esposa, en travesía alrededor del mundo. Cruzaron el Canal de Panamá, rumbearon por el Pacífico hacia islas de la Polinesia Francesa, enfilaron de regreso a Sudamérica, franquearon el Cabo de Hornos. Alcanzaron -Atlántico por medio- a Sudáfrica. Se dirigieron a Brasil, bajaron nuevamente por la costa atlántica para retornar al Pacífico, y ahora -en Chile- descansan en Pichidangui”.
Las añoranzas se desovillan y se asocian en los aledaños del mar. Allí Paul Barroilhet, un pionero del balneario, descubrió -a los 80 años- que sus días de navegación en el velero “Rosemary” concluían. Rechazó tentadoras ofertas comerciales, enfiló a su viejo amigo hacia el centro de la bahía y lo hundió. “Yo no lo hundí”, protestó, “le di sepultura, lo que es muy diferente”.
En el coloquio orillero con HP, rescata otra aventura:
“También en Pichidangui, el velero My Way se desenganchó imperceptiblemente de la boya, mientras su dueño dormía en la cabina. Al compás de la corriente avanzó hasta la playa, a la altura del puente, que mira hacia Quilimarí. Ahí revientan las grandes olas. My Way trepó hacia la cresta de una y protagonizó el peor de los despertares para su dormido tripulante. El mundo saltó en pedazos, pero el velero soportó la embestida. Encalló en los fondos arenosos, con las olas azotándolo sin piedad. Gemía y dejaba escuchar sus lamentos ante tanta saña desatada contra sus cuadernas, su quilla, sus mástiles, y toda su recia envergadura”.
Semanas después lo reflotaron y lo arrastraron hasta Higuerillas. Allí recaló….y allí, a los seis meses, murió su dueño, abatido por la pena.
“La gente de tierra cree que los veleros son barcos, y no advierten que son viejos amores, que matan y mueren”, sentencia HP, mientras las olas -a la manera de Neruda- “se han abierto de mar en par”.
*Enrique Ramírez Capello es periodista, docente de la Escuela de Periodismo de UNIACC, editor y ex presidente del Colegio de Periodistas.
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